Las Olas
Las Olas —Arrastrémonos —dijo Bernard— bajo el palio de las hojas del grosellero, y contemos cuentos. Habitemos en el submundo. Tomemos posesión de nuestro territorio secreto, iluminado por las grosellas que cuelgan igual que candelabros, que brillan de color rojo por un lado, negro por el otro. Jinny, aquÃ, si nos ovillamos juntos, podemos sentarnos bajo el palio de las hojas del grosellero, y observar el movimiento de los incensarios. Nuestro universo es éste. Los demás pasan por el camino. Pasan semejantes a apagavelas las faldas de Miss Hudson y Miss Curry. Ésos son los calcetines blancos de Susan. Ésas son las pulcras alpargatas de Louis que se hunden con firmeza en la grava. Llegan cálidas ráfagas del olor de hojas en descomposición, de vegetación podrida. Estamos en una ciénaga, en una jungla de malaria. Hay un elefante de color blanco, de tantos gusanos que tiene, muerto de un tiro de flecha en el ojo. Se ven —águilas, buitres— los ojos brillantes de los pájaros saltarines. Nos toman por árboles caÃdos. Cogen un gusano —que es una serpiente de anteojos—, y lo dejan con una herida infectada para que se encarguen de él los leones. Nuestro mundo es éste, iluminado por lunas crecientes y luz de estrellas, y grandes pétalos semitransparentes se interponen en las aberturas igual que ventanas moradas. Es extraño todo. Las cosas son enormes y diminutas. Los tallos de las flores son tan gruesos como troncos de robles. Están tan altas las hojas como las cúpulas de inmensas catedrales. Somos gigantes, tendidos aquÃ, y hacemos temblar los bosques.