Las Olas
Las Olas Dejaba caer el sol rayos más intensos sobre la casa. La luz tocaba algo verde en la esquina de la ventana, y lo convertÃa en una gran esmeralda, una cueva de verde puro como una fruta sin hueso. Perfilaba los bordes de las sillas y mesas, y bordaba los manteles blancos con hermosos hilos de oro. Al aumentar la luz se abrÃan en dos aquà y allá los capullos, y echaban una flor, con venas verdes y temblando, como si el esfuerzo de salir les hiciera balancearse y redoblar, semejantes a campanas, haciendo sonar un débil carillón al golpear los frágiles badajos contra las blancas paredes. Todo se volvÃa suavemente amorfo, igual que si la porcelana del plato fluyese, y el acero del cuchillo fuese lÃquido. Mientras tanto, la conmoción de las olas al romper descendÃa con golpes sordos, como troncos que cayeran, sobre la orilla.
—Ahora —dijo Bernard—, ha llegado el momento. Ha llegado el dÃa. En la puerta aguarda el coche. Mi enorme baúl torcÃa aún más las torcidas piernas de George. Ha concluido la horrible ceremonia, las propinas, los adioses en el recibidor. Ahora queda esta ceremonia con mi madre, difÃcil de tragar, y la ceremonia de estrechar la mano a mi padre; ahora debo seguir saludando con la mano, hasta que doblemos la esquina. Ahora ha terminado esa ceremonia. Loados sean los cielos, han terminado todas las ceremonias. Estoy solo, voy al colegio por primera vez.