Las Olas
Las Olas —Ahà está Bernard —dijo Louis—. Está tranquilo, confiado. Balancea la bolsa de viaje al caminar. Seguiré a Bernard porque no tiene miedo. Nos arrastran desde el despacho de billetes hasta el andén, igual que arrastra la corriente ramitas y paja alrededor de los pilares de los puentes. He ahà la muy poderosa locomotora, verde botella, sin cuello, toda espalda y pierna, exhalando vapor. Toca el silbato el factor, baja el banderÃn; sin esfuerzo, con la propia inercia, igual que un alud al que pone en movimiento un empujoncillo, nos movemos. Bernard extiende un paño, y comienza a jugar a las tabas. Neville lee. Londres se rompe. Se mueve Londres de acá para allá, semejante a olas. Está erizado de chimeneas y torres. AhÃ, una iglesia blanca; ahÃ, un mástil entre las agujas; ahÃ, un canal. Ahora hay espacios abiertos con caminos asfaltados sobre los que resulta extraño que haya gente caminando. AhÃ, una colina con lÃneas de casas rojas. Cruza un puente un hombre al que sigue un perro. Comienza el muchacho rojo a disparar contra un faisán. Lo aparta de un empujón el muchacho azul. «Mi tÃo es el mejor tirador de Inglaterra. Mi tÃo es Director de la Caza del Zorro». Comienzan a fanfarronear. Yo no puedo fanfarronear, porque mi padre es un banquero de Brisbane, y tengo acento australiano.