Las Olas
Las Olas —Después de todo este bla-bla-bla —dijo Neville—, todos estos tumultos y bla-bla-bla, hemos llegado. Éste, la verdad, es un momento… Éste es verdaderamente un momento solemne. Entro como un señor que tomase posesión de sus propiedades. Ése es nuestro fundador, el ilustre fundador, de pie en el patio, con un pie levantado. Estos austeros claustros están impregnados de un noble aire romano. Ya están encendidas las luces en las aulas. Quizá aquello sean los laboratorios; y aquello de allÃ, una biblioteca, donde exploraré la exactitud de la lengua latina, y caminaré con seguridad por las bien construidas oraciones, y pronunciaré los explÃcitos y sonoros hexámetros de Virgilio y Lucrecio, y cantaré con una pasión que nunca es oscura e inexperta los amores de Catulo[85], leyendo en un libro grande, en cuarto mayor. Y también me tumbaré sobre la hierba risueña. Bajo los corpulentos olmos, me tumbaré junto a mis amigos.
»Vaya, el director. Ay, qué pena que parezca ridÃculo. Es demasiado relamido, demasiado negro y brillante, igual que una estatua de jardÃn público. En el lado izquierdo del chaleco, un chaleco tenso como un tambor, lleva un crucifijo.»