Las Olas
Las Olas —Ahora nos movemos, de dos en dos —dijo Louis—, con orden, como en una procesión, hacia la capilla. Me gusta la oscuridad que desciende cuando entramos en el recinto sagrado. Me gusta el avance en orden. Nos alineamos, nos sentamos. Suspendemos nuestras diferencias al entrar. Me gusta esto, cuando, balanceándose, pero sólo a causa de su propia inercia, sube al púlpito el Dr. Crane y lee un capÃtulo de la Biblia extendida sobre la espalda de un águila de bronce. Me encanta, me ensanchan el corazón su tamaño y autoridad. Deposita en mi mente trémula, ignominiosamente conmovida, las nubes de polvo que revolotean: cómo bailábamos alrededor del árbol de Navidad, y al dar los paquetes se olvidaron de mÃ, y la gorda dijo: «No tiene regalo este niñito»; y me dio una reluciente bandera de Gran Bretaña que coronaba el árbol, y yo lloraba de rabia; luego lo recordarÃa con pena. Ahora se halla todo dispuesto por su autoridad, su crucifijo, y siento que me sobreviene la sensación de la tierra debajo de mÃ, y que descienden mis raÃces más y más hasta que arropan una dureza en el centro. Recupero mi continuidad con su lectura. Me convierto en uno más en la procesión, un radio en una rueda enorme que al girar, por fin, me yergue, aquà y ahora. He estado en la oscuridad, he estado escondido, pero cuando la rueda da la vuelta (cuando lee) me elevo hasta esta semipenumbra donde alcanzo a percibir, aunque escasamente, a los muchachos arrodillados, las columnas y las inscripciones funerarias de bronce. Aquà no hay nada inmaduro, ni besos repentinos.