Las Olas

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»Pero Bernard sigue hablando. Suben igual que burbujas las imágenes, “como un camello”… “como un buitre”. El camello es un buitre; el buitre, un camello; y es que Bernard es un cabo suelto, en libertad, pero seductor. Sí, porque, cuando habla, cuando hace esas comparaciones tontas, desciende sobre uno una sensación de ligereza. Te sientes flotar, sí, también, igual que si fueras aquella burbuja; te sientes liberado; sientes que has escapado. Incluso los rollizos niñitos (Dalton, Larpent y Baker) sienten ese abandono. Les gusta esto más que el criquet. Cogen las frases en cuanto brotan semejantes a burbujas. Dejan que las hierbas como plumas les hagan cosquillas en la nariz. Y entonces todos nos damos cuenta de que Percival se ha tumbado entre nosotros. Su ronca risa parece cohonestar la nuestra. Pero ahora se ha dado la vuelta sobre la crecida hierba. Está, creo, masticando un tallo entre los dientes. Se siente aburrido, también yo estoy aburrido. Inmediatamente Bernard se da cuenta de que estamos aburridos. Advierto un esfuerzo, una cierta extravagancia en su frase, como si dijese: ¡Cuidado!, pero Percival dice: “No.” Porque siempre es el primero en detectar la insinceridad; y es extremadamente brutal. Languidece la frase. Sí, el terrible momento en que a Bernard lo abandona el poder ha llegado, y ya no hay secuencia, y se hunde y juega con una cuerda, y se queda en silencio, haciendo pucheros como si fuera a llorar. Es ésta una de las torturas y desgracias de la vida: cuando nuestros amigos no consiguen terminar sus cuentos.»


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