Las Olas
Las Olas —Llegamos tarde —dijo Susan—. Debemos esperar turno para poder jugar. Acamparemos aquà entre la hierba crecida, y fingiremos observar a Jinny y Clara, a Betty y Mavis. Pero no lo haremos. No me gusta ver cómo juegan otras personas. Haré imágenes con todas aquellas cosas que no me gustan, y las enterraré. Esta piedra brillante es Madame Carlo, y la enterraré muy hondo a causa de sus modales complacientes y serviles, por los seis peniques que me dio cuando ensayaba las escalas sin doblar los nudillos. Enterré los seis peniques. EnterrarÃa toda la escuela: el gimnasio, el aula, los olores de la carne y la capilla. EnterrarÃa las tejas rojizas, y los retratos al óleo de los viejos: benefactores, fundadores de escuelas. Me gustan algunos árboles, el cerezo con trozos de savia clara en la corteza; y un paisaje del ático en el que se ven unas colinas lejanas. Excepto esas cosas, enterrarÃa todo, al igual que entierro estas feas piedras que siempre se esparcen por esta agria costa, con sus paseos y sus visitantes. En casa, miden una milla las olas. Las oigo romper en las noches de invierno. Las pasadas Navidades se ahogó un hombre que iba solo en su carro.