Las Olas

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»Mira con qué extraordinaria seguridad se pone ahora Jinny las medias, sencillamente para jugar al tenis. Son ésas las cosas que admiro. Pero me gustan más los modales de Susan, porque es más decidida, y le importan menos los honores que a Jinny. Ambas me desprecian porque las imito; pero, a veces, Susan me da clases; por ejemplo: cómo echarse el lazo; mientras que Jinny tiene conocimientos propios, pero se los guarda. Tiene amigas junto a las que sentarse. Se dicen cosas en secreto por los rincones. Pero yo sólo tengo fidelidad a los nombres y caras, y los atesoro como amuletos que me protegen de los desastres[86]. Elijo una cara desconocida de las que cruzan por la habitación, y apenas soy capaz de beber el té cuando esa cuyo nombre ignoro se sienta frente a mí. Me ahogo. Me muevo de un lado a otro a causa de la emoción. Me imagino a esa gente inmaculada, anónima, observándome tras los arbustos. Doy saltos muy altos para que me admiren. Por la noche, en la cama, consigo que me admiren de verdad. A menudo muero atravesada por las flechas para que me compadezcan. Si dijeran, o si pudiera comprobarlo mirando las etiquetas de los baúles, que estuvieron en Scarborough las vacaciones pasadas, imaginaría que toda la ciudad se derretía en oro, que toda la calle estaba iluminada. De manera que no me gustan los espejos que muestran mi cara de verdad. Cuando estoy sola, con frecuencia me deslizo hacia la nada. Debo mover el pie con cautela para no caer desde el borde del mundo hacia la nada. Tengo que dar un buen golpe con la mano en la dura puerta para volver a mi propio cuerpo.»


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