Las Olas
Las Olas —Ya se ha ido Percival —dijo Neville—. No piensa sino en el partido. Nunca saludaba con la mano cuando la furgoneta giraba junto al arbusto de laurel. Me desprecia por ser demasiado débil para los deportes (y sin embargo siempre es amable respecto a mi debilidad). Me desprecia por no preocuparme de si ganan o pierden, excepto si a él le preocupa. Admite mi devoción, acepta mi trémulo y, sin duda, abyecto ofrecimiento en el que se mezcla el desprecio hacia su mente. Porque no sabe leer. Pero cuando le leo a Shakespeare o a Catulo, tendido sobre la hierba crecida, entiende mejor que Louis. No las palabras, pero ¿qué son las palabras? ¿Acaso no sé ya hacer rimas, imitar a Pope, a Dryden, incluso a Shakespeare? Pero no sé estar todo el dÃa al sol con los ojos fijos en la pelota, no puedo sentir el vuelo de la pelota a través de mi cuerpo, y pensar sólo en la pelota. Seré un merodeador del exterior de las palabras durante toda la vida. Y sin embargo yo no podrÃa vivir con él, y aguantarle la estupidez. Se volverá más grosero y roncará. Se casará y habrá escenas tiernas a la hora del desayuno. Pero ahora es joven. Cuando se tiende en la cama, desnudo, derribado, cálido, ni un hilo, ni una hoja de papel se interpone entre él y el sol, entre él y la lluvia, entre él y la luna. Ahora, mientras van por la carretera en la furgoneta, se motea su cara de rojo y amarillo. Se quitará el abrigo y se quedará erguido con las piernas separadas, las manos dispuestas, observando a los de enfrente. Y rezará: «Haznos ganar, Señor.» Sólo pensará en una cosa, en ganar.