Las Olas

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»Cuando sale tambaleándose por las puertas batientes, el Dr. Crane se halla convencido, al parecer, de su inmensa superioridad; y, la verdad, Neville, no podemos negar que su marcha nos deja no sólo con una sensación de alivio, sino también con la sensación de que nos falta algo, un diente. Sigámoslo mientras suspira al cruzar la puerta batiente, y se dirige a sus propias habitaciones. Imaginemos que se desviste en sus habitaciones privadas, encima de los establos. Se desabrocha las ligas de los calcetines (seamos triviales, seamos íntimos). Luego, con un gesto característico (es difícil evitar estas frases hechas que son, en su caso, tal vez, apropiadas), coge las monedas de plata y cobre de los bolsillos del pantalón, y las coloca aquí y allí, sobre el tocador. Con los brazos extendidos sobre los brazos del sillón reflexiona (éste es su momento privado, aquí es donde debemos intentar cogerlo); ¿cruzará el puente rosa que conduce a su habitación o no lo cruzará? Se hallan unidas las dos habitaciones por un puente de luz sonrosada que procede de la lamparilla de la cama donde está echada Mrs. Crane, con el cabello sobre la almohada, mientras lee unas memorias francesas. Al leer, pasa por la frente la mano con un gesto licencioso y desesperado, y dice con un suspiro, “¿esto es todo?”, mientras se compara a alguna duquesa francesa. Bien, dice el doctor, dentro de dos años me retiraré. Podaré los tejos de un jardín al oeste del país. Podría haber sido almirante, o juez, no un maestro de escuela. ¿Qué fuerzas, pregunta, mientras contempla el fuego de gas con los hombros levantados, todavía más formidables que los que le conocemos (está en mangas de camisa, recuerda), me han traído a esto?, ¿qué fuerzas inmensas?, y coge el ritmo de sus frases majestuosas mientras mira a la ventana por encima del hombro. Es una noche de tormenta, suben y bajan las ramas del castaño. Las estrellas brillan entre las ramas. ¿Qué vastas fuerzas del bien y del mal me han traído hasta aquí?, pregunta, y observa con pena que la silla ha desgastado el pelo de la alfombra morada hasta hacer un agujerito. Así que ahí se sienta, moviendo los tirantes. Pero son difíciles las historias que siguen a la gente hasta sus habitaciones particulares. No puedo seguir con la historia. Juego con un trozo de cuerda, doy la vuelta a las cuatro o cinco monedas que tengo en el bolsillo del pantalón.»


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