Las Olas
Las Olas —Al principio —dijo Neville— me divierten las historias de Bernard. Pero cuando concluyen de forma absurda, y se queda con la boca abierta, enredando con trozos de cuerda, siento mi propia soledad. Ve a todo el mundo como con perfiles imprecisos. De aquà que no pueda hablarle de Percival. No puedo exponer mi pasión violenta y absurda a su grata comprensión. También eso se convertirÃa en una «historia». Necesito a alguien cuya mente caiga como el hacha sobre el tajo, alguien para quien el colmo de lo absurdo sea sublime, y para quien un cordón de zapato sea adorable. ¿A quién puedo mostrarle la urgencia de mi propia pasión? Louis es demasiado frÃo, demasiado impersonal. No hay nadie, aquÃ, entre estos arcos y estas palomas que zurean y entre estos juegos alegres y tradición y emulación; todo tan cuidadosamente organizado para evitar que te sientas solo. Sin embargo, todavÃa mientras paseo me paralizan las extrañas premoniciones de lo que va a suceder. Ayer, al pasar ante la puerta abierta de los jardines privados, vi a Fenwick con el mazo de crÃquet levantado. Brotaba en medio del césped el vapor de la tetera. HabÃa macizos de flores azules. De repente descendió sobre mà el sentido obscuro y mÃstico de la adoración, de la plenitud que triunfaba sobre el caos. No vio nadie mi figura detenida e inclinada mientras estuve ante la puerta abierta. Nadie adivinó la necesidad que tenÃa de ofrecer mi ser a un dios, y de perecer y desaparecer. Descendió el mazo, desapareció la visión.