Las Olas

Las Olas

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—Comienzo a desear —dijo Louis— que venga la noche. Mientras estoy aquí con la mano sobre la puerta de roble rugoso de Mr. Wickham, me imagino que soy un amigo de Richelieu, o que soy el Duque de Saint-Simon que ofrece una cajita de rapé al propio Rey. Es mi privilegio. «Corren como un fuego incontrolado por toda la corte» mis ingeniosas observaciones. Se arrancan las duquesas las esmeraldas de los pendientes llevadas por su admiración; pero en la oscuridad se elevan mejor estos cohetes, por la noche, en mi habitación. Ahora soy sólo un muchacho con acento de las colonias que da con los nudillos en la rugosa puerta de roble de Mr. Wickham. Ha sido un día lleno de ignominias y victorias ocultadas por temor a las risas. Soy el mejor alumno de la escuela. Pero cuando llega la oscuridad me libero temporalmente de este cuerpo al que nadie envidia —la nariz demasiado grande, los labios finos, el acento de las colonias—, y habito en el espacio. Y entonces acompaño a Platón y a Virgilio. Soy entonces el último vástago de una de las grandes casas de Francia. Pero soy también el que se obligará a sí mismo a abandonar estos territorios iluminados por la luna, y batidos por el viento, estos paseos nocturnos, y se enfrentará con las puertas de roble rugoso. Lograré —permita el cielo que no tarde— alguna gigantesca amalgama entre las discrepancias tan repugnantemente visibles en mí. Lo haré con mi propio sufrimiento. Llamaré. Entraré.


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