Las Olas
Las Olas —He arrancado todo el mes de mayo y junio —dijo Susan— y veinte dÃas de julio. Los he arrancado y los he arrugado para que no existan, excepto como un peso en mi bolsillo. Han sido dÃas torpes, semejantes a mariposas nocturnas de alas arrugadas, incapaces de volar. Sólo quedan ocho dÃas. Dentro de ocho dÃas bajaré del tren, y estaré en el andén a las seis y veinticinco. En ese momento se desenrollará mi libertad, y todas estas restricciones que te encogen y constriñen —horas y orden y disciplina y estar ahà y allà exactamente en el momento justo— se harán trizas. Comenzará el dÃa cuando abra la puerta del vagón y vea a mi padre con el viejo sombrero y polainas. Temblaré. Me echaré a llorar. A la mañana siguiente, me levantaré al amanecer. Saldré por la puerta de la cocina. Iré a pasear por el páramo. Los grandes caballos con jinetes fantasmales trotarán detrás de mÃ, y se pararán de repente. Veré cómo las golondrinas peinan la hierba. Me echaré en la orilla del rÃo a ver cómo los peces saltan entre los juncos. Las palmas de las manos tendrán las huellas de las hojas de los pinos. Allà me desplegaré y sacaré lo que haya hecho aquÃ, sea lo que sea: algo duro. Porque algo ha crecido en mà aquÃ, durante veranos e inviernos, en escaleras y dormitorios. No quiero, como quiere Jinny, que me admiren. Quiero dar, que me den, y soledad en la que desplegar mis posesiones.