Las Olas
Las Olas —Estamos a punto de irnos —dijo Neville—. Aquà están las maletas; aquÃ, los taxis. Ahà está Percival con su bombÃn. Me olvidará. Dejará mis cartas sin contestar, entre armas y perros. Le enviaré poemas, y contestará con una postal. Pero lo amo por ser asÃ. Propondré que nos veamos, bajo un reloj, o una Cruz; esperaré y no vendrá. Pero lo amo por ser asÃ. Olvidadizo, casi un completo ignorante, desaparecerá de mi vida. Por increÃble que parezca, pasaré yo a otras vidas; esto es sólo una escapada, quizá, un preludio. Ya siento, aunque no puedo aguantar la ridiculez pomposa del doctor ni sus emociones fingidas, que las cosas que sólo hemos percibido de forma oscura se acercan. Quedaré en libertad para entrar en el jardÃn en el que Fenwick levanta la maza. Tendrán que reconocer mi soberanÃa los que me han despreciado. Pero a causa de alguna ley inescrutable de mi ser no serán suficientes la soberanÃa y el poder; correré siempre las cortinas sobre la intimidad, y desearé algunas palabras en soledad. De suerte que me voy, con dudas, pero exultante, con temores de dolores intolerables, pero creo que mi obligación será la aventura de conquistar tras inmensos sufrimientos, obligado, seguramente, a descubrir mi deseo al final. AhÃ, por última vez, veo la estatua de nuestro piadoso fundador con las palomas sobre la cabeza. Darán vueltas siempre alrededor de la cabeza, dejándola blanca, mientras gime en la capilla el órgano. Asà que tomo asiento, y cuando haya encontrado mi lugar en un rincón del compartimento reservado, velaré mis ojos con un libro para esconder una lágrima, velaré mis ojos para observar, para espiar una cara. Es el primer dÃa de las vacaciones de verano.