Las Olas
Las Olas —Bernard se ha ido —dijo Neville—, sin billete. Se nos ha escapado, haciendo frases, diciendo adiós con la mano. Ha hablado con tanta facilidad con el criador de caballos, con el fontanero, como con nosotros. El fontanero lo ha aceptado con devoción. «Si tuviera un hijo asà —pensaba—, lo mandarÃa a estudiar a Oxford.» Pero ¿qué sentÃa Bernard por el fontanero? ¿No era sólo un deseo de seguir contando la historia que nunca deja de contarse a sà mismo? Comenzó cuando hacÃa bolitas con la miga del pan en su infancia. Una bolita era un hombre; otra, una mujer. Somos bolitas todos. Somos todos frases en el cuento de Bernard, cosas que apunta en el cuaderno, bajo la A o la B. Relata nuestro cuento con extraordinaria sensibilidad, excepto respecto de lo que más nos importa. Porque no nos necesita. Nunca está a merced nuestra. Ahà está, moviendo la mano en el andén. Se le ha ido el tren. Ha perdido el enlace. Ha perdido el billete. Pero nada de eso importa. Hablará con la camarera acerca del destino de la humanidad. Salimos, ya nos ha olvidado, salimos de su ángulo de visión, seguimos, con sensaciones que se demoran, medio amargas, medio dulces, porque, en cierta forma, es como para tenerle pena, enfrentándose con el mundo con frases medio acabadas, habiendo perdido el billete: también es digno de ser amado.