Las Olas
Las Olas »Ahora finjo leer de nuevo. Levanto el libro hasta que casi me cubre los ojos. Pero no puedo leer en presencia de tratantes de caballos y fontaneros. Carezco del talento de caer bien. No admiro a ese hombre, él no me admira. Permítaseme ser honrado. Permítaseme denunciar este mundo insignificante, banal, demasiado satisfecho consigo mismo, estos asientos de cuero de caballo, estas fotografías coloreadas de paseos marítimos y desfiles. Podría desaparecer ante esta satisfacción provinciana, ante la mediocridad de este mundo, que cría tratantes de caballo con adornos de coral que cuelgan de las cadenas de sus relojes. Hay algo en mí que los consumirá por completo. Mi risa los hará retorcerse en el asiento, los hará marchar aullando ante mí. No, son inmortales. Triunfan. Siempre lograrán que me sea imposible leer a Catulo en un vagón de tercera. Me obligarán en octubre a refugiarme en alguna universidad, donde me convertiré en catedrático, e iré con maestros de escuela a Grecia, y les daré conferencias sobre el Partenón. Mejor sería criar caballos, y vivir en una de esas casas de ladrillo rojo, que entrar y salir aprisa de los cráneos de Sófocles y Eurípides como un gusano, con una mujer muy intelectual, una de esas universitarias. No obstante, ése será mi destino. Sufriré. Ya a los dieciocho soy capaz de tamaño desprecio que los criadores de caballo me odian. No transijo, ése es mi triunfo. No soy tímido, no tengo acento. Yo no voy por ahí con escrúpulos y miedo de lo que la gente pensará de “mi padre que es banquero en Brisbane”, como Louis.