Las Olas
Las Olas »Ahora nos acercamos al centro del mundo civilizado. Ahà están los familiares gasómetros. Ahà están los jardines públicos divididos mediante caminos de asfalto. Ahà están los amantes tendidos sin vergüenza, boca con boca, sobre la hierba quemada. Ya casi está en Escocia Percival, su tren cruza parameras rojas, contempla la larga lÃnea de las colinas de la frontera y el muro romano. Lee una novela de detectives, y sin embargo entiende todo.
»Se vuelve más lento el tren, y más largo, al aproximarnos a Londres, el centro; y también se desborda mi corazón, con miedo, exultante, estoy a punto de descubrir, ¿qué? ¿Qué aventura extraordinaria me aguarda, entre las furgonetas del correo y las multitudes de personas que piden taxis? Me siento insignificante, perdido, pero exultante. Nos detenemos con un golpe suave. Me quedaré sentado, quieto, durante un momento, antes de surgir entre el caos y el tumulto. No anticiparé lo que ha de venir. Llena mis oÃdos un gran rugido. Suena y resuena bajo este techo de cristal como el oleaje de un mar. Nos arrojan al andén con las bolsas de viaje. Nos separan en remolinos. Casi fallece mi sentido de la identidad, mi desprecio. Me traen, me llevan, me tiran al cielo. Bajo al andén, me agarro con fuerza a lo único que poseo: una bolsa.»