Londres
Londres Por ello, el salón de la señora Crowe guardaba escasa relación con los famosos salones de los autores de memorias. Con frecuencia acudían a él personas de gran inteligencia, tales como jueces, médicos, diputados, escritores, músicos, viajeros, jugadores de polo y también personas insignificantes, pero cualquier observación brillante se consideraba más bien un error de etiqueta, un accidente del que se hacía caso omiso, como si de un acceso de estornudos o una catástrofe con los pastelillos se tratara. La charla que la señora Crowe prefería y alentaba constituía una versión refinada de los chismes de pueblo. El pueblo era Londres, y los chismes giraban en torno a la vida londinense. El mayor don de la señora Crowe residía en lograr que la inmensa metrópoli se antojara diminuta como un pueblo con una sola iglesia, una casa solariega y veinticinco granjas. Poseía información de primera mano acerca de cada obra de teatro, cada exposición, cada juicio, cada caso de divorcio. Sabía quién se casaba, quién fallecía, quién estaba en la ciudad y quién se había ausentado. Mencionaba que acababa de ver pasar el coche de lady Umphleby y conjeturaba que a buen seguro se dirigía a visitar a su hija, que había dado a luz la noche anterior, del mismo modo que las mujeres de pueblo comentan que la esposa del señor del lugar se dirige a la estación para reunirse con el señor John a su regreso de la ciudad.
