Los años
Los años El viento de otoño soplaba sobre Inglaterra. Retorcía las hojas de los árboles, que caían vacilantes al suelo, manchadas de rojo y de amarillo, o bien las hacía volar trazando amplias curvas antes de posarse en el suelo. En las ciudades, donde las ráfagas llegaban doblando las esquinas, hacía saltar un sombrero aquí; allí levantaba un velo por encima de la cabeza de una mujer. El dinero circulaba deprisa. Las calles estaban atestadas. En los inclinados escritorios de las oficinas cercanas a Saint Paul, los oficinistas detenían la mano con la pluma sobre las páginas rayadas. Era difícil trabajar después de las vacaciones. Margate, Eastbourne y Brighton les había bronceado y tostado. Los gorriones y los estorninos, con su discordante parloteo alrededor de los aleros de Saint Martin, blanqueaban las cabezas de las esbeltas estatuas que sostenían varas y rollos de papel en Parliament Square. Soplando detrás del transbordador, el viento alzaba las aguas del Canal, estremecía los racimos de uvas en la Provenza y obligaba al perezoso joven pescador, que yacía boca arriba en su barca en el Mediterráneo, a rodar hacia un lado y agarrarse a un cable.