Orlando
Orlando Una vez adentro, sus modales recuperaron la natural arrogancia de una Archiduquesa Rumana. Si ella no hubiera demostrado un conocimiento de vinos raro en una señora, y no hubiera hecho algunas observaciones bastante sensatas sobre las armas de fuego y las reglas de caza en su país, la conversación hubiera carecido de espontaneidad. Al fin, parándose de golpe, anunció que volvería al día siguiente, hizo otra reverencia prodigiosa y se retiró. Al día siguiente, Orlando había salido a caballo. Al otro día le volvió la espalda; el tercero corrió la cortina. El cuarto llovía, y como no se puede dejar a una señora en la lluvia y le fastidiaba estar solo, la invitó a entrar y le consultó si una armadura de un antepasado sería obra de Jacobi o de Topp. Él se inclinaba a Topp. Ella sostuvo otra opinión —que importa muy poco. Lo que sí importa a nuestra historia, es que, para ilustrar su tesis sobre el funcionamiento de las piezas, la Archiduquesa Enriqueta tomó la esquinela de oro y la ajustó a la pierna de Orlando.
Ya hemos dicho que Orlando tenía las piernas más hermosas que jamás sostuvieron a un caballero.