Orlando

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Primero le rogó, con una reverencia correcta pero algo torpe, que perdonara esa intromisión. Luego irguiéndose en toda su altura, que sería de unos seis pies, dos pulgadas, añadió —pero con tales cacareos de risa nerviosa y tales ji-ji y ja-ja, que Orlando pensó que se había escapado de un manicomio— que era la Archiduquesa Enriqueta Griselda de Finster-Aarhorn y Scandop-Boom en el territorio rumano. Ante todo deseaba conocerlo, dijo. Había tomado alojamiento en los altos de una panadería cerca de la verja del Parque. Había visto un retrato de Orlando que era idéntico a una hermana de ella que hacía tiempo —aquí cacareó— estaba muerta. Estaba de visita en la Corte inglesa. La Reina era su prima. El Rey era un buen muchacho pero rara vez se acostaba fresco. Aquí volvió a reírse y cacarear. En fin, Orlando tuvo que invitarla a entrar y servirle una copa de vino.









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