Orlando

Orlando

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Un día que Orlando agregaba con enorme trabajo un verso o dos a «La Encina, Poema», vio de rabo de ojos una sombra. Pronto vio que no era un sombra, sino la silueta de una dama altísima con caperuza y manto que atravesaba el patio al que daba su cuarto. Como se trataba de un patio interior y de una dama desconocida, Orlando se maravilló de que hubiera penetrado hasta ahí. A los tres días reapareció, y de nuevo el miércoles a las doce. Orlando resolvió seguirla esta vez. Ella no demostró ningún temor: acortó el paso al acercársele Orlando y lo miró a la cara. Cualquier otra mujer sorprendida en las habitaciones privadas de un Lord, hubiera tenido miedo; cualquier otra mujer con esa cara, ese peinado y ese aspecto, se habría embozado en su mantilla. Pues esta dama se parecía mucho a una liebre; una liebre azorada, pero tenaz; una liebre cuya timidez está dominada por una audacia inmensa e imbécil: una liebre sentada y tiesa que fulmina a su perseguidor con enormes ojos saltones; con orejas paradas pero trémulas, con nariz puntiaguda pero estremecida. Esta liebre, además, tenía seis pies de estatura y se peinaba de un modo antiguo que la hacía parecer aún más alta. Enfrentada con él, se quedó mirándolo, con una mezcla singular de audacia y de pánico.




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