Orlando
Orlando Pero cuando la fiesta estaba en su apogeo, Orlando solía retirarse a la intimidad de su cuarto. Con la puerta cerrada y la seguridad de estar solo, sacaba un viejo cuaderno, cosido con una seda robada del costurero de su madre, y rotulado con letra redonda de colegial: «La Encina, Poema». Escribía en él hasta mucho después de la medianoche. Pero como por cada verso que agregaba borraba otro, el total, a fin de año, solía ser menos que al principio, y era como si, a fuerza de escribirlo, el poema se fuera convirtiendo en un poema en blanco. A los historiadores de la literatura inglesa les incumbe observar que el estilo de Orlando se había modificado asombrosamente. Había castigado su abundancia; había refrenado su exceso; la era de la prosa congelaba esas cálidas fuentes. Hasta el paisaje que veía por la ventana tenía menos guirnaldas; los mismos cercos eran menos espinosos y complicados. Tal vez los sentidos no eran tan finos, y el paladar encontraba menos sabor en la crema y la miel. Tampoco es discutible que la mejor iluminación de las casas y el saneamiento de las calles ejerzan una influencia sobre el estilo.