Orlando
Orlando Ya todo estaba listo; y cuando la tarde llegó y encendieron los innumerables candelabros de plata, y las livianas brisas que habitaban siempre los corredores agitaron las verdes y azules tapicerías de Arrás, de suerte que realmente colgaban los cazadores y Daphne huía; cuando brilló la plata y la laca resplandeció y la leña chisporroteó; cuando los sillones esculpidos extendieron sus brazos y los delfines nadaron en las paredes con una sirena en el lomo; cuando todo esto y mucho más estuvo concluido a su gusto, Orlando recorrió la casa seguido de sus perros y se sintió feliz. Ya tenía, pensó, cómo llenar su peroración. Tal vez lo mejor sería repetir el discurso desde el principio. Sin embargo, al pasar en revista las galerías, sintió que algo faltaba. Las mesas y las sillas, por esculpidas y doradas que sean, los divanes, aunque los sostengan patas de leones y abajo se dobleguen cuellos de cisnes, los lechos del plumón más blando, no bastan por sí solos. Personas acostadas o sentadas, los mejoran notablemente. Orlando ofreció una serie de fiestas magníficas, a los caballeros y a la nobleza de los alrededores. Durante un mes, se llenaron los trescientos sesenta y cinco dormitorios. Se codeaban los huéspedes en las cincuenta y dos escaleras. Trescientos sirvientes se afanaban en las despensas. Había banquetes casi todas las noches. Así, en muy pocos años, Orlando gastó hasta la trama sus terciopelos, y la mitad de su fortuna. En cambio había ganado el aprecio de los vecinos, ejercía una veintena de cargos en el condado y recibía cada año una docena de volúmenes dedicados empalagosamente a su Señoría por poetas agradecidos. Pues aunque se cuidaba entonces de intimar con escritores y se apartaba de las damas de origen extranjero, era, sin embargo, muy generoso con las mujeres y los poetas, que lo adoraban.