Orlando

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Pero ¿qué clase de pasión es ésa?, nos pueden preguntar. Y la respuesta tiene dos caras como el Amor. Pues el Amor —pero dejemos un momento al Amor, y narremos el hecho: cuando la Archiduquesa Enriqueta Griselda se agachó para ajustar la esquinela, Orlando oyó, brusca e inexplicablemente, el lejano aleteo del Amor. La agitación distante de ese blando plumaje despertó en él memorias miles, de aguas que corren, de delicia en la nieve y de perfidia en el deshielo; y el ruido se acercó y él se sonrojó y tembló; y se conmovió como ya no creía volver a conmoverse; y estaba por alzar sus manos y dejar que el ave de la belleza se posase sobre sus hombros, cuando —¡horror!— un crujido idéntico al de los cuervos que tropiezan con los árboles, resonó; el aire pareció oscurecerse de negras alas ásperas; graznaron voces; cayeron pajas, hojas y plumas; y se clavó en sus hombros la más pesada y repugnante de las aves: el buitre. Huyó entonces del cuarto y dijo al lacayo que condujera a su carruaje a la Archiduquesa Enriqueta.







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