Orlando

Orlando

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Pues el Amor, al que podemos volver ahora, tiene dos caras: una blanca, otra negra; dos cuerpos: uno liso, otro peludo. Tiene dos manos, dos pies, dos colas, dos, en verdad, de cada miembro y cada uno es el reverso exacto del otro. Sin embargo están ligados tan estrechamente, que es imposible separarlos. En este caso, el amor de Orlando emprendió su vuelo hacia él con su cara blanca descubierta y su liso y adorable cuerpo a la vista. Más y más se acercó, en ráfagas de pura delicia. De pronto (sin duda, al ver a la Archiduquesa) giró en el aire, exhibió su otra cara, se mostró negro, velludo, brutal; y fue el buitre Lujuria, no el Ave del Paraíso, Amor, el que aleteó asqueroso en sus hombros. Por eso huyó, por eso buscó al lacayo.

Pero la harpía no se ahuyenta tan fácilmente. La Archiduquesa continuó hospedándose en casa del panadero, y a Orlando lo asediaron noche y día los más asquerosos fantasmas. En vano había colmado su casa de platería y cubierto de tapicería los muros, cuando en cualquier momento un pájaro encharcado de bosta se le instalaba en el escritorio. Ahí estaba aleteando bajo las sillas; lo veía arrastrarse desgarbado por las galerías. Se colgaba pesadamente del guardafuego. Cuando lo espantaba, volvía y picoteaba los cristales hasta romperlos.


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