Orlando

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Convencido de que su casa era inhabitable y de que había que tomar medidas para terminar de una vez, hizo lo que cualquier otro joven hubiera hecho en su lugar, y le pidió al Rey Carlos que lo nombrara Embajador Extraordinario en Constantinopla. Él se paseaba por Whitehall con Nell Gwyn del brazo. Ella le tiraba avellanas. Qué desgracia, suspiró la amorosa dama, que semejantes piernas dejen el país.

Pero las Parcas son implacables: sólo un beso pudo tirarle Nell Gwyn a Orlando, antes de la partida.












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