Orlando
Orlando Nada, pensaba Orlando, mirando el asoleado paisaje, se parecía menos a los condados de Surrey y de Kent o a las ciudades de Londres y Tunbridge Wells. A la izquierda y a la derecha, se levantan pedregosas y calvas las inhospitalarias montañas de Asia, con el árido alcázar de algún jefe bandolero en la cumbre; pero sin presbiterio, ni casa solariega, ni cottage, ni encina, olmo, violeta, yedra o eglantina silvestre. No había cercos para que los helechos treparan ni campos de pastoreo para las ovejas. Las casas eran blancas como cáscaras de huevos, y no menos peladas. Orlando se maravillaba de que él, inglés hasta la médula, se regocijara hasta el fondo del corazón con ese panorama salvaje y mirara y remirara esos desfiladeros y esas cumbres lejanas, planeando excursiones a pie, en alturas sólo pisadas por la cabra y por el pastor; y sintiera una apasionada ternura por esas vistosas flores descomunales; y quisiera a los abandonados perros sin dueño más que a los sabuesos de sus jaurías; y aspirara con avidez el agrio y fuerte olor de las calles. Se preguntaba si, en el tiempo de las Cruzadas, algún abuelo suyo no se había enamorado de una labriega circasiana; lo creía posible, imaginaba que su tinte era algo moreno; y, retirándose del balcón, iba a tomar su baño.