Orlando
Orlando La jornada de Orlando, según parece, era más o menos así: a las siete se levantaba, se embozaba en una larga capa turca, encendía un cigarro de hoja y apoyaba los codos en el alféizar. Se quedaba mirando como hechizado la enorme ciudad a sus pies. A esa hora la niebla era tan cerrada que sólo sobrenadaban las cúpulas de Santa Sofía y las otras; con lentitud la niebla las descubría; se veía el firme asiento de esas burbujas; ahí estaba el río; ahí el puente de Gálata; ahí los peregrinos de turbante verde, sin ojos o sin narices, pidiendo limosna; ahí los perros sueltos escarbando la basura; ahí las mujeres veladas; ahí los innumerables burros; ahí los hombres a caballo con palos largos. Muy pronto la ciudad se despertaba en un chasquido de látigo, en un golpeteo de gongs, en las exhortaciones de los muecines, en golpes de rebenque a las mulas, en el estrépito de ruedas reforzadas de hierro, mientras olores agrios de levadura, incienso y especias ascendían hasta las alturas de Pera y parecían el aliento mismo de esa estridente turba bárbara y multicolor.