Orlando

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Después del almuerzo, los lacayos anunciaban que lo esperaba su carroza de seis caballos, y salía a visitar a los otros embajadores y dignatarios, precedidos por Genízaros rojos, que corrían agitando grandes abanicos de plumas de avestruz sobre sus cabezas. La ceremonia era siempre igual. En el patio de honor, los Genízaros golpeaban con los abanicos la puerta principal, que inmediatamente se abría, descubriendo un vasto salón, amueblado espléndidamente. Ahí estaban sentados los personajes, generalmente de distinto sexo. Se cambiaban zalemas y reverencias. En el primer salón, sólo se podía hablar del tiempo. Tras de haber dicho que era seco o lluvioso, caliente o frío, el Embajador pasaba al otro salón, donde otras dos figuras se incorporaban para recibirlo. Allí sólo era lícita la comparación de Constantinopla con Londres como lugar de residencia: naturalmente, el Embajador no ocultaba que prefería Constantinopla; los otros, naturalmente, preferían Londres, aunque no lo habían visto. En el otro salón, se discutía sin apuro la salud del Rey Carlos y la del Sultán. En el otro se discutía la salud del Embajador y de la esposa del huésped, pero con menos detenimiento. En el otro, el Embajador elogiaba los muebles de su huésped, y el huésped elogiaba el traje del Embajador. En el otro, convidaban con golosinas; el huésped lamentaba su insulsez, el Embajador alababa su dulzura. Daban término final a la ceremonia una pipa indiana y una copa de café; pero aunque los diversos ademanes de fumar y beber se cumplían escrupulosamente, no había tabaco en la pipa, ni café en la copa; ya que si el humo o la infusión hubieran sido reales, no había en la tierra un organismo capaz de tolerarlos. Pues apenas el Embajador había efectuado una de esas visitas, tenía que hacer otra. La misma ceremonia se repetía en el mismo orden, siete u ocho veces consecutivas en las residencias de los otros altos funcionarios, de suerte que era muy común que el Embajador no volviera hasta ya entrada la noche. Aunque Orlando desempeñaba esas tareas a maravilla y jamás discutía que ellas constituyen tal vez el fundamento de las relaciones diplomáticas, es indudable que lo fatigaban y deprimían tan profundamente que prefería comer solo con sus perros. A ellos en verdad les hablaba en su propio idioma. Y a veces, dicen, salía de su palacio a altas horas de la noche; disfrazado para que no lo reconocieran los centinelas. Se perdía entonces en la turba sobre el Puente de Gálata, o recorría los bazares, o se descalzaba para unirse a los fieles en las mezquitas. Cierta vez que se declaró que estaba con fiebre, unos pastores que traían sus cabras al mercado contaron que habían visto a un Lord inglés en la cumbre de la montaña, implorando a su Dios. Se creyó que era Orlando, y que su imploración era, más bien, un poema dicho en voz alta, porque se supo que llevaba consigo, oculto en su capa, un manuscrito lleno de tachaduras; y los sirvientes que escuchaban a su puerta oían que el Embajador, cuando estaba solo, canturreaba algo de una manera extraña.


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