Orlando

Orlando

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Con tales fragmentos debemos reconstruir la vida y el carácter de Orlando durante esa época. Quedan hasta el día de hoy rumores, vagas leyendas y anécdotas sin confirmación acerca de la vida de Orlando en Constantinopla (apenas hemos citado unas cuantas) que tienden a probar que poseía, ahora que estaba en la flor de su edad, esa virtud de estimular la imaginación y de atraer la mirada que mantiene fresco un recuerdo, cuando todo lo que pueden obrar las condiciones más duraderas ha sido olvidado. Esa virtud es misteriosa y en ella colaboran la belleza, el linaje, y otro don más extenso, al que daremos, para darle algún nombre, el de «hechizo». Un millón de luces, como había dicho Sasha, ardían en Orlando, sin que él se tomara el trabajo de encender ni una sola. Se movía como un ciervo, sin la conciencia de sus piernas. Hablaba con su voz natural, y el eco golpeaba un gong de plata. De ahí que lo cercara una mitología. Llegó a ser ídolo de muchas mujeres, y de algunos hombres. No era preciso que hubieran hablado con él, ni que lo hubieran visto: se imaginaban sobre todo, ante un panorama romántico o una puesta de sol —la figura de un noble caballero con medias de seda. Ejercía el mismo poder sobre los humildes y los incultos, que sobre los ricos. Los pastores, los gitanos y los arrieros recuerdan todavía en sus cantares al Lord inglés «que tiró al pozo sus esmeraldas» —alusión inconfundible a Orlando, que una vez, parece que en un rapto de ira o de borrachera, se arrancó las joyas y las tiró a una fuente, de donde un paje las pescó. Pero es sabido que esa atracción romántica suele ir acompañada de una extrema reserva. Orlando no hacía amistades. Hasta donde puede saberse, no se ligó a nadie. Cierta gran dama se vino desde Inglaterra para estar cerca de él y lo abrumó de atenciones, pero él siguió desempeñando sus deberes tan incansablemente, que al cabo de dos años y medio de ser Embajador ante la Sublime Puerta, el Rey Carlos declaró su intención de ascenderlo al más alto rango en la nobleza. Los envidiosos dijeron que ése era el tributo de Nell Gwyn a la memoria de una pierna. Pero como ella lo había visto sólo una vez y en momento en que estaba muy atareada en tirar avellanas a su señor, es probable que el Ducado se debiera a sus méritos, no a sus pantorrillas.


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