Orlando

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Aquí debemos detenernos, pues hemos arribado a un punto culminante de su carrera. Porque la concesión de esa merced motivó un incidente harto famoso y aún harto discutido, que ahora pasaremos a describir, tomando como podamos el hilo entre papeles quemados y pedazos de sellos. Fue al terminar el gran ayuno de Ramadán cuando la Orden del Baño y la patente de nobleza llegaron en una fragata comandada por Sir Adrián Scrope; y Orlando aprovechó la ocasión para dar la fiesta más espléndida que antes o después ha conocido Constantinopla. La noche era hermosa, la concurrencia enorme, y las ventanas de la Embajada iluminadas brillantemente. Faltan detalles, pues el incendio ha hecho de las suyas con todas las crónicas y no ha perdonado sino fragmentos que dejan en la oscuridad los puntos esenciales. Por el diario de John Ferner Brigge, sin embargo, oficial de la marina inglesa, que estaba entre los invitados, sabemos que personas de todos los países «estaban hacinadas en el patio como arenques en un barril». Eran tantos los apretones que Brigge se trepó a una higuera para observar mejor la función. Circulaba el rumor entre los nativos (he aquí una prueba del misterioso poder de Orlando sobre la imaginación) de que se iba a operar un milagro. «Por consiguiente —escribe Brigge (pero su manuscrito está plagado de agujeros y quemaduras, y algunas frases son del todo ilegibles)— cuando los cohetes empezaron a remontarse, experimentamos una considerable aprensión de que la población nativa se dejara arrebatar… preñada de amargas consecuencias para todos… Señoras inglesas presentes, confieso que llevé la mano a mi sable. Felizmente —prosigue en su estilo un tanto ampuloso—, esos temores parecían por el momento infundados y observando la conducta de los nativos… llegué a la conclusión de que esta demostración de nuestra destreza en el arte de la pirotecnia tenía su valor siquiera para dejar grabada en ellos… la superioridad británica. Realmente el espectáculo era de indescriptible magnificencia. Me encontré, alternativamente, alabando al Señor que había permitido… y deseando que mi pobre madre querida… Por orden del Embajador, las grandes ventanas que son un rasgo tan importante de la arquitectura oriental, pues aunque ignorante en muchos modos… de par en par; y adentro pudimos ver un cuadro vivo o representación teatral en la que damas inglesas y caballeros… representaban una comedia de… No se podían oír las palabras, pero la vista de tantos compatriotas ataviados con tanta distinción y elegancia… suscitaron emociones de las que ciertamente no me abochorno, aunque no puedo… y yo estaba absorto en la contemplación de la pasmosa conducta de Lady R. que era como para atraer la atención general y desacreditar su sexo y su patria, cuando» —por desgracia cedió una rama de la higuera, el teniente Brigge se fue al suelo, y el resto de su relato no registra más que alabanzas a la Providencia (que juega un considerable papel en su diario) y la exacta naturaleza de sus lastimaduras.


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