Orlando

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Afortunadamente Miss Penélope Hartopp, hija del general de ese nombre, vio de adentro la escena, y la refiere en una carta, muy deteriorada también, que llegó a manos de una amiga en Tunbridge Wells. Miss P. no es menos entusiasta que el bizarro oficial. «Arrebatador —exclama diez veces por página—, maravilloso… más allá de toda ponderación… vajilla de oro… candelabros… negros con calzones de felpa… pirámides de hielo… surtidores de grog… jaleas con la forma de los barcos de Su Majestad… cisnes en forma de nenúfares… pájaros en jaulas doradas… caballeros de trajes acuchillados de terciopelo rojo… peinados que a lo menos tenían seis pies de altura… cajas de música… Mr. Peregrine dijo que yo estaba divina: sólo a ti te lo cuento, queridísima, porque sé… ¡Ah si hubieran estado todas ustedes!… Muy superior a lo que vimos en el Casino… mares de vino… algunos caballeros indispuestos… Lady Betty un encanto… la pobre Lady Bonham se equivocó y se quiso sentar donde no había silla… todos los caballeros muy galanes… te extrañé mil veces a ti y a mi adorada Betsy… Pero la gran atracción, el imán de todos los ojos… reconocido por todos, porque sólo un espíritu muy vil se atrevería a negarlo, era el mismo Embajador. ¡Qué piernas!, ¡qué porte!, ¡qué modales de príncipe! ¡Verlo entrar en el salón! ¡Verlo salir!, ¡y una expresión tan interesante, que le hace a uno adivinar que ha sufrido! Dicen que una señora tiene la culpa. ¡Monstruo sin corazón! ¡Cómo es posible que alguien del sexo que se llama tierno haya tenido el valor! Es soltero, y todas las damas de aquí están locas por él… Millares y millares de besos a Tom, Gerry, Peter y a la adorada Miau» (su gata probablemente).


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