Orlando

Orlando

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Al fin, con majestad y gracia extraordinarias, inclinándose primero profundamente, irguiéndose después con orgullo, Orlando tomó el áureo círculo de hojas de fresa y lo ciñó, con un gesto que ninguno de los presentes olvidará, a sus sienes. En ese punto se produjo el primer disturbio. O la gente esperaba un milagro —hay quienes dicen que se había profetizado la caída de una lluvia de oro— que no sucedió, o ésa era la señal convenida para el asalto; nadie lo sabe, pero en el instante preciso en que Orlando se ajustó la corona, se elevó un enorme tumulto. Tañeron las campanas; la voz desentonada de los profetas dominó los gritos del pueblo; muchos turcos se postraron de cara y tocaron la tierra con la frente. Forzaron una puerta. Los nativos invadieron el salón. Las mujeres chillaban. Cierta dama, que estaba loca por Orlando, tomó un candelabro y lo dio contra el suelo. Nadie puede prever las escenas que se habrían producido, a no impedirlo la presencia de Sir Adrián Scrope y de un piquete de marineros ingleses. Pero el Almirante hizo tocar las cornetas; cien marineros se cuadraron; la revuelta fue sofocada y reinó la paz, al menos por el momento.





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