Orlando

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Pisamos hasta aquí el terreno firme, aunque también estrecho, de la autenticada verdad. Pero nadie ha sabido precisamente lo que sucedió aquella noche. El testimonio de los centinelas y de otras personas, parece demostrar, sin embargo, que no quedaban extraños en la Embajada y que la habían cerrado a las dos de la mañana. Se vio al Embajador, siempre con las insignias de su rango, subir a la habitación y cerrar la puerta. Algunos dicen que la cerró con llave, cosa que nunca hacía. Otros sostienen que más tarde escucharon en el patio, bajo la ventana del Embajador, una música rústica de las que suelen ejecutar los pastores. Una lavandera, a la que no dejaba dormir un dolor de muelas, dijo que vio salir un hombre al balcón, envuelto en una capa o bata. Después, dijo, una mujer muy embozada, pero con aire de paisana, subió por una cuerda que el hombre del balcón le tendió. Ahí, dijo la lavandera, se abrazaron con pasión «como amantes» y entraron juntos a la pieza, corriendo las cortinas, de suerte que ya no pudo ver más.







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