Orlando
Orlando Orlando no miró más. Se precipitó cuesta abajo. Entró por un portillo. Trepó la escalera de caracol. Llegó a su cuarto. Tiró las medias por un lado, el justillo por otro. Se empapó la cabeza. Se lavó las manos. Pulió sus uñas. Sin más ayuda que seis pulgadas de espejo y un par de viejas bujías, se metió en bombachas coloradas, cuello de encaje, chaleco de Pekín, y zapatos con escarapelas tan grandes como dalias dobles, en menos de diez minutos por el reloj del establo. Estaba pronto. Estaba sonrojado. Estaba agitado. Pero estaba en terrible retardo.