Orlando

Orlando

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Por atajos que conocía, se abrió camino a través del vasto sistema de cuartos y de escaleras al salón del banquete, distante cinco acres del otro lado de la casa. Pero a medio camino, en los departamentos del fondo, habitados por la servidumbre, se detuvo. La puerta del saloncito de Mrs. Stewkley estaba abierta —se había ido, sin duda, con todas sus llaves a atender a su señora. Pero ahí estaba sentado a la mesa de los sirvientes, con un cangilón a su lado y papel delante, un hombre algo grueso, algo raído, cuya gorguera estaba algo sucia, y cuyo traje era de lana parda. Tenía una pluma en la mano, pero no estaba escribiendo. Parecía revolver y hacer rodar algún pensamiento para darle ímpetu y forma. Sus ojos, redondos y empañados como una piedra verde de extraña configuración, estaban inmóviles. No vio a Orlando. Con toda su prisa, Orlando se paró. ¿Sería un poeta? ¿Estaría escribiendo versos? «Dígame —hubiera querido decir—, todas las cosas del mundo» —porque tenía las ideas más extravagantes, más locas, más absurdas sobre los poetas y la poesía— pero ¿cómo hablar a un hombre que no le ve a uno, que está viendo sátiros y ogros, que está viendo tal vez el fondo del mar? Así Orlando se quedó mirando mientras el hombre daba vuelta la pluma en sus dedos, de un lado a otro, y miraba y pensaba; y luego, muy ligero, escribió sus líneas y miró para arriba. Con esto Orlando, lleno de timidez, se fue y llegó a la sala del banquete con el tiempo contado para caer de rodillas, inclinar confundido su cabeza, y ofrecer un aguamanil con agua de rosas a la gran Reina.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker