Orlando
Orlando Era tan tÃmido que no vio de ella sino la anillada mano en el agua, pero bastaba. Era una mano memorable; una mano delgada con largos dedos siempre arqueados como alrededor del orbe o del cetro; una mano nerviosa, perversa, enfermiza; una mano autoritaria también; una mano que no tenÃa más que elevarse para que una cabeza cayera; una mano, adivinó, articulada a un cuerpo viejo que olÃa como un armario donde se guardan pieles en alcanfor: cuerpo aún recamado de joyas y brocados, y que se mantenÃa bien erguido aunque con dolores de ciática; y que no flaqueaba aunque lo ceñÃan mil temores; y los ojos de la Reina eran de un amarillo pálido. Todo esto sintió mientras los grandes anillos centelleaban en el agua y algo le oprimió el pelo —lo que, quizá, fue motivo de que no viera nada más que pudiera interesar a un historiador. Y en realidad, su mente era un cúmulo tal de antagonismos —de la noche y las encendidas velas, del poeta raÃdo y la gran Reina, de los campos silenciosos y el rumor de los servidores— que no pudo ver nada; o sólo una mano.