Orlando
Orlando »Pues ahÃ, no aquà —(todas hablan a un tiempo, tomadas de las manos y haciendo ademanes de desesperación y de adiós hacia el lecho en que duerme Orlando)— siguen morando en nidos y en boudoirs, en cortes de justicia y en oficinas los que nos aman; los que nos honran, vÃrgenes y hombres de negocios; abogados y médicos; los que prohÃben, los que niegan, los que respetan sin saber por qué, los que alaban sin comprender; la todavÃa muy numerosa (alabado sea Dios) tribu de los decentes; que prefieren no ver; anhelan no saber; aman la oscuridad; ésos todavÃa nos adoran, y con razón; porque les hemos dado Riqueza, Prosperidad, Comodidad, Holgura. Te abandonamos, regresamos a ellos. ¡Vamos, Hermanas, vamos! Éste no es lugar para nosotras.
Se retiran de prisa, agitando los velos sobre sus cabezas, como para excluir algo que no se atreven a mirar, y cierran la puerta al salir.
Henos aquÃ, por consiguiente, solos y abandonados en el cuarto con Orlando que duerme y con las trompetas. Las trompetas en fila emiten un terrible estruendo, uno solo: ¡la verdad! Y Orlando se despertó. Se estiró. Se paró. Se irguió con completa desnudez, ante nuestros ojos y mientras las trompetas rugÃan: ¡Verdad! ¡Verdad! ¡Verdad!
Debemos confesarlo: era una mujer.
La voz de las trompetas se apagó y Orlando quedó desnudo.