Orlando
Orlando Que otras plumas traten del sexo y de la sexualidad; en cuanto a nosotros, dejemos ese odioso tema lo más pronto posible. Orlando, ahora, se había lavado y vestido con esas casacas y bombachas turcas que sirven indiferentemente para uno y otro sexo; y tuvo que enfrentar su situación. Todo lector que haya seguido con alguna simpatía su historia, convendrá en que esa situación era de lo más precaria y molesta. Joven, noble y hermosa, Orlando se encontraba en un trance delicadísimo para una joven dama de alcurnia. No la censuraríamos si hubiera llamado, si hubiera llorado, si hubiera sufrido un desmayo. Pero Orlando no se inmutó. Todos sus actos fueron de lo más reposados, tanto que parecían premeditados. Primero, revisó cuidadosamente los papeles que había en la mesa; tomó los que parecían escritos en verso y los ocultó en su seno; luego silbó a su lebrel (que estaba medio muerto de hambre, pues en todos esos días no se había movido de su lado), le dio de comer y le alisó el pelo; luego se puso al cinto un par de pistolas; y finalmente se ciñó algunas sartas de finísimas esmeraldas y perlas que habían formado parte de su guardarropa de Embajador. Hecho esto, se asomó a la ventana, silbó con cautela, y bajó la escalera destrozada y ensangrentada, llena de papeles, tratados, despachos, sellos, barras de lacre, etcétera, y salió al patio. Ahí, a la sombra de una higuera gigante, aguardaba un gitano viejo en un burro. Tenía otro de la brida. Orlando lo montó de un brinco; y así escoltado por un perro famélico, cabalgando un burro, y acompañado por un gitano, el Embajador de Gran Bretaña ante la Corte del Sultán salió de Constantinopla.