Orlando

Orlando

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Viajaron varios días y varias noches y tuvieron diversas aventuras, algunas con hombres, otras con la naturaleza, y en todas ellas Orlando demostró su valor. Antes de una semana habían alcanzado las tierras altas que dominan a Brussa, entonces campamento general de la tribu gitana a la que Orlando se había ligado. Más de una vez había mirado esas montañas desde su balcón en la Embajada; más de una vez había deseado estar ahí; y encontrarse donde uno ha deseado estar, siempre es materia de reflexión para un espíritu pensativo. Por algún tiempo, sin embargo, el cambio la alegraba demasiado para echarlo a perder con meditaciones. Le bastaba el placer de no sellar o firmar documentos, de no decorar letras mayúsculas, de no pagar visitas. Los gitanos seguían el pasto; cuando ya no quedaba más, se mudaban. Orlando se lavaba en los arroyos, si es que se lavaba; nadie le presentaba una valija, colorada, verde o azul; no había en todo el campamento una sola llave, y menos una llave de oro; en cuanto a «visitar», hasta la palabra ignoraban. Ordeñaba las cabras; juntaba leña, robaba huevos de gallina, de vez en cuando, pero siempre dejaba en su lugar una perla o una moneda; arreaba el ganado; cortaba los racimos, pisaba la uva: colmaba la bota de cuero y bebía en ella, y cuando recordaba que a esa hora del día hubiera estado haciendo el aparato de fumar una pipa descargada y de beber una taza vacía, se reía a carcajadas, se cortaba otra rebanada de pan y pedía una pitada de la pipa del viejo Rustem, aunque ésta sólo contenía bosta de vaca.


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