Orlando
Orlando Los gitanos —ya sin duda en comunicación secreta con Orlando antes de la revolución— parecen haberla considerado como a una de ellos (siempre el homenaje más alto que un paÃs puede hacer), y su pelo oscuro y su tez morena dejaban suponer que era realmente de su raza, y que habÃa sido arrebatada por un Duque Inglés de un nogal, cuando era apenas una criatura, y llevada a esta tierra bárbara, donde las personas viven en casas porque son demasiado débiles y enfermizas para soportar el aire libre. AsÃ, aunque inferior a ellos en tantas cosas, estaban listos a educarla para que se les pareciera algo más; le enseñaron las artes de hacer queso y tejer canastos, su ciencia de robar y cazar pájaros, y hasta pensaban que algún dÃa le permitirÃan casarse con uno de la tribu.
Pero Orlando habÃa adquirido en Inglaterra alguna de las costumbres o enfermedades (como quieran llamarlas) que, según parece, no tienen cura. Una tarde, cuando estaban todos sentados alrededor del fuego y el cielo del ocaso resplandecÃa sobre los montes de Tesalia, Orlando exclamó:
—¡Qué bueno para comer!
(Los gitanos no tienen palabra para «bello». Esto es lo más aproximado).