Orlando
Orlando Los muchachos se rieron a carcajadas. ¡El cielo bueno para comer! Los viejos, sin embargo, que sabÃan algo más de extranjeros, empezaron a recelar. Descubrieron que Orlando se pasaba las horas sin hacer absolutamente nada, salvo mirar acá y allá; la sorprendieron en la cumbre de una colina con los ojos fijos en el horizonte, sin preocuparse de si las cabras pastaban o se extraviaban. Dieron en sospechar que tenÃa otras creencias que las suyas, y los hombres y las mujeres de más edad pensaron que tal vez habÃa caÃdo entre las garras del más vil y cruel de los Dioses, que es la Naturaleza. No estaban muy equivocados. El mal inglés, el amor de la Naturaleza, era innato en ella, y aquà donde la naturaleza era más vasta y poderosa que en Inglaterra, la dominó con más fuerza que antes. El mal es harto conocido y demasiadas plumas, ¡ay de mÃ!, lo han descrito para que lo describa otra vez, salvo con suma brevedad.