Orlando
Orlando Había montañas, valles, torrentes. Ella trepaba las montañas; erraba por los valles, se sentaba a la orilla de los torrentes. Comparaba las colinas con baluartes, con el pecho de las palomas, con el anca de las terneras. Comparaba las flores con el esmalte, el césped a las alfombras turcas adelgazadas por el uso. Los árboles eran brujas decrépitas, las ovejas peñas grises. Cada cosa, en efecto, era otra cosa. Encontró la laguna en la cumbre de la montaña, y estuvo por tirarse al fondo para descubrir la sabiduría que le parecía oculta en ese lugar; y cuando desde la cumbre divisó a lo lejos, sobre el Mar de Mármara, las llanuras de Grecia, y distinguió (su vista era admirable) la Acrópolis con una o dos manchitas blancas que eran, sin duda, el Partenón, su alma se agrandó con sus ojos e imploró el don de compartir la majestad de las colinas, conocer la serenidad de las llanuras, etc., como lo hacen esos creyentes. Luego, a sus pies, el jacinto rojo, el iris de púrpura, le hacían prorrumpir en un grito de éxtasis ante la bondad, la hermosura de la naturaleza; elevando otra vez los ojos veía planear el águila y se figuraba sus arrebatos y se identificaba con ellos. Al volver, saludaba cada estrella, cada cumbre y cada fogata como si fueran mensajes para ella sola, y al fin, cuando se tiraba en su estera en la tienda de los gitanos, no podía contenerse y repetía: ¡Qué bueno para comer! ¡Qué bueno para comer! (Es muy curioso que los seres humanos, a pesar de tener medios tan imperfectos de comunicación, que sólo pueden decir «bueno para comer» por «bello» y viceversa, prefieran, sin embargo, sufrir la incomprensión y el ridículo a guardar silencio). Todos los gitanos jóvenes rieron. Pero Rustem el Sadi, el viejo que sacó a Orlando de Constantinopla en su burro, se quedó silencioso. Su nariz era igual a una cimitarra; en sus mejillas había surcos que parecían la obra secular de un granizo de hierro; era moreno y de ojos vivos; y al chupar el tubo del narguile observaba estrechamente a Orlando. Tenía fuertes sospechas de que su Dios era la Naturaleza. Un día la encontró con los ojos llenos de lágrimas. Interpretándolas como un signo de que la había castigado su Dios, le dijo que eso no lo asombraba. Le mostró los dedos de su mano izquierda ardidos por la escarcha; le mostró su pie derecho aplastado por una roca. Eso, le dijo, es lo que tu Dios hace con los hombres. Cuando ella repitió: «pero es tan bello», usando de la palabra inglesa, él sacudió la cabeza; y se enojó cuando ella volvió a repetirlo. Vio que la fe de Orlando no era su fe, y eso lo enfureció, aunque era tan antiguo y tan sabio.