Orlando
Orlando «¡Quién pudiera escribir!», gritaba (pues tenÃa el prejuicio literario de que las palabras escritas son palabras compartidas). Le faltaba tinta y apenas tenÃa papel. Pero hizo tinta con moras y vino, y aprovechando los espacios en blanco y los márgenes del manuscrito de «La Encina», logró, mediante una especie de taquigrafÃa, describir el paisaje en un largo poema de verso libre y redactar un diálogo consigo misma sobre el problema de lo Verdadero y lo Bello. Esto la distrajo por un sinfÃn de horas. Pero los gitanos desconfiaban. Notaron, en primer lugar, su creciente incapacidad en las tareas de ordeñar y hacer quesos; luego, que vacilaba antes de contestar; y una vez, un chico gitano que dormÃa, se despertó aterrado, bajo la mirada fija de Orlando. La tribu entera —varias docenas de hombres y mujeres adultos— solÃa compartir ese malestar. NacÃa de la impresión (y sus impresiones son muy sutiles y superan en mucho su vocabulario) de que cuanto estaban haciendo se les desmenuzaba en las manos como ceniza. Una vieja que tejÃa una canasta, un muchacho que desollaba una oveja, estaban tarareando o cantando tranquilamente, cuando Orlando llegaba al campamento y se tiraba al lado del fuego a mirar las llamas. Ellos inmediatamente sentÃan: Aquà hay alguien que duda (estamos traduciendo libremente del idioma gitano), alguien que no obra por obrar, ni mira por mirar; alguien que descree de los cueros de ovejas y de las canastas; alguien que está viendo (aquellos ojos tenebrosos recorrÃan la carpa) otra cosa. Entonces una sensación vaga, pero de lo más desagradable, cundÃa en la vieja, en el muchacho. Se les rompÃan las varas de mimbre; se cortaban los dedos. Una gran rabia los colmaba. Deseaban que Orlando dejara la carpa y no volviera nunca más. AdmitÃan, sin embargo, que era muy animada y servicial, y que una sola de sus perlas bastaba para comprar la mejor majada de cabras de Brussa.