Orlando

Orlando

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Poco a poco, Orlando se dio cuenta de que no era idéntica a los gitanos y llegó a vacilar en su decisión de casarse con uno de ellos y establecerse ahí para siempre. Al principio quiso explicárselo, razonando que ella era hija de una raza antigua y civilizada, y que los gitanos eran un pueblo ignorante, apenas superior a los salvajes. Una noche que la interrogaban sobre Inglaterra, no pudo menos que describir con orgullo su casa natal, sus trescientos sesenta y cinco dormitorios y el hecho de que hacía cuatrocientos o quinientos años que estaba en posesión de su familia. Sus antepasados eran condes, y hasta duques, agregó. Al decir esto, notó que los gitanos estaban incómodos; pero no irritados como ante sus elogios anteriores de la naturaleza. Ahora estaban corteses, pero molestos como se ponen las personas bien educadas cuando un forastero declara su pobreza o su origen humilde. Rustem la siguió al salir de la carpa y le dijo que no se preocupara de que su padre fuera un Duque y poseyera todos esos dormitorios y muebles. Nadie, por eso, pensaría mal de ella. Orlando nunca había sentido tanta vergüenza. Entendió que Rustem y los otros gitanos consideraban que una ascendencia de cuatrocientos o quinientos años era menos que modesta. La de ellos remontaba por lo menos a dos mil o tres mil. Para el gitano, cuyos antepasados habían levantado las Pirámides siglos antes del nacimiento de Cristo, ni mejor ni peor que la de los Smith y los Jones: ambas eran insignificantes. Además, en un medio en que el último pastorcito es de tan antigua estirpe, nada hay especialmente memorable o deseable en un viejo linaje: los vagabundos y los pordioseros lo tienen. Y, aunque era demasiado cortés para decirlo abiertamente, era evidente que el gitano pensaba que ninguna ambición es más vulgar que la de poseer cientos de dormitorios (estaban en la cumbre de una colina, era de noche; las montañas crecían alrededor) cuando la tierra entera es nuestra. Desde el punto de vista gitano, un Duque, entendió Orlando, era una especie de logrero o ladrón que había arrebatado tierra y dinero a quienes la desdeñan, y que no había pensado en nada más ingenioso que en edificar trescientos sesenta y cinco dormitorios cuando basta con uno, y ese uno está de más. No podía negar que sus mayores habían acumulado campo sobre campo, casa sobre casa, dignidad sobre dignidad; pero que ninguno había sido un héroe o un santo o un bienhechor del género humano. Tampoco podía dejar de reconocer (Rustem era demasiado caballero para insistir, pero ella comprendió) que cualquier hombre que hiciera ahora lo que sus antepasados habían hecho trescientos o cuatrocientos años antes, sería considerado —sobre todo por su propia familia— un arribista, un intruso, un aventurero, un nouveau riche.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker