Orlando
Orlando Trató de contrarrestar esos argumentos con el método habitual aunque oblicuo de imputar a la vida de los gitanos rudeza y barbarie; y asÃ, en muy poco tiempo, hubo mala sangre y hostilidad. Lo cierto es que esas diferencias de opinión suelen engendrar sangrientas revoluciones. Por menos han entrado a saco en ciudades, y un millón de mártires ha preferido morir en el tormento a ceder una pulgada de su parecer. No hay, en el tumultuoso pecho del hombre, una pasión más fuerte que la de imponer su creencia a los otros. Nada puede secar la raÃz de su dicha y llenarla de ira como saber que otro desprecia lo que él venera. Whigs y Tories, Liberales y Laboristas —¿qué razón les mueve a guerrear sino su prestigio? No es el amor de la verdad sino el deseo de prevalecer el que opone un barrio a otro barrio y hace que una parroquia premedite la ruina de otra parroquia. Todos prefieren la paz de espÃritu y la sujeción de los otros al triunfo de la verdad y a la apoteosis de la virtud —pero esas moralidades pertenecen al historiador, y debemos dejárselas, porque son más aburridas que un dÃa de lluvia.
—Cuatrocientos setenta y seis dormitorios no significan nada para ellos —suspiraba Orlando.
—Una puesta de sol le gusta más que una majada de cabras —decÃan los gitanos.