Orlando
Orlando De golpe una sombra, aunque nada podía proyectar una sombra, apareció en la desnuda montaña de enfrente. Se ahondó en seguida, y pronto un hueco verde sustituyó la roca pelada. Ante sus ojos el hueco se agrandó y se oscureció, y un gran espacio, como un parque, se abrió en el flanco de la colina. Adentro, ella vio un prado firme y ondulante; vio encinas salpicadas aquí y allá; vio los tordos que saltaban de rama en rama. Vio el delicado paso del ciervo de una sombra a otra sombra; oyó el zumbar de los insectos y los suaves suspiros y escalofríos de un día de verano en Inglaterra. Al rato de mirar, empezó a caer la nieve; pronto el paisaje entero se cubrió de sombras moradas en vez de manchas amarillas de sol. Vio carros pesados que venían por los caminos, cargados de troncos de árboles, acarreados, ella bien lo sabía, para hacer leña; y entonces aparecieron los tejados y las almenas y las torres y los patios de su propia casa. Estaba nevando fuerte y oyó sobre el tejado el roce de la nieve que se desliza y cae al suelo. El humo subía de mil chimeneas. Ahora, todo era tan claro y tan nítido que pudo ver una corneja picoteando la nieve en busca de gusanos. Después, gradualmente, las sombras moradas se espesaron y taparon los carros y los prados y la gran casa. Se lo tragaron todo. Nada quedó del hueco pastoso, y en lugar de los verdes prados estaba la montaña deslumbrante que parecía pelada por mil buitres. Orlando se deshizo en llanto y, volviendo al campamento de los gitanos, les dijo que se embarcaba para Inglaterra al día siguiente.