Orlando
Orlando Hizo muy bien. Ya los más jóvenes habían tramado su muerte. Parece que el honor lo exigía, ya que Orlando no pensaba como ellos. Sin embargo, les hubiera dolido degollarla; y la noticia de su viaje los alegró. Quiso la buena suerte que un barco mercante inglés ya estuviera a la vela en la bahía; y Orlando, desprendiéndose de otra perla de su collar, no sólo pagó su pasaje, sino que le quedaron unos billetes en la escarcela. Hubiera querido regalárselos a los gitanos. Pero sabía que despreciaban el dinero; y se tuvo que contentar con abrazos que (de parte de ella) no eran fingidos.