Orlando

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«Por pobres e ignorantes que seamos comparadas con el otro sexo —pensó, continuando la oración que dejó inconclusa días pasados—, armados de pies a cabeza como están, en tanto que a nosotras nos prohíben hasta el conocimiento del alfabeto —(y estas palabras iniciales demuestran que algo había ocurrido en la noche que la inclinaba al sexo femenino, pues hablaba ahora más como una mujer que como un hombre, y no sin cierta satisfacción)—, sin embargo, se caen del palo mayor». Aquí dio un gran bostezo y se quedó dormida. Cuando se despertó, el barco navegaba con buen viento, tan cerca de la costa que parecía que a los pueblos, en el filo de los acantilados, no los salvaba de caerse al agua sino la interposición de un peñasco o las raíces retorcidas de algún olivo antiguo. El aroma de azahares de un millón de árboles abrumados de fruto la alcanzó en la cubierta. Un cardumen de delfines azules, retorciendo las colas saltaban alto en el aire de vez en cuando. Estirando los brazos (ya sabía que los brazos no son tan fatales como las piernas), rindió gracias a Dios de no estar caracoleando en un bridón por Whitehall, ni sentenciando un hombre a muerte. «Vale más —pensó—, estar vestida de ignorancia y pobreza, que son los hábitos oscuros de nuestro sexo; vale más dejar a otros el gobierno y la disciplina del mundo: vale más estar libre de ambición marcial, de la codicia del poder y de todos los otros deseos varoniles con tal de disfrutar en su plenitud los arrebatos más sublimes de que la mente humana es capaz, que son —dijo en voz alta, como era su costumbre cuando estaba muy conmovida—, la contemplación, la soledad, el amor».


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